Qué es corregir un libro y qué no es
Corregir no es buscar erratas. Es someter el texto a tres revisiones distintas, con criterios distintos, que en la edición profesional hacen personas distintas y en momentos distintos del calendario. Confundirlas es lo que hace que un autor pague por una y crea que ha contratado otra.
Tampoco es reescribir. Un corrector no mejora el libro que quisiste escribir: se ocupa de que el libro que escribiste llegue íntegro al lector, sin ruido entre medias. La frontera está en la intención del autor, y un buen corrector propone en lugar de imponer.
Y no es opcional en el sentido en que sí lo son otras partidas. Se puede autopublicar sin ilustrador, sin agente y hasta sin distribuidor. Sin corrector también, pero el coste no desaparece: lo paga el lector en la página tres, y lo devuelve en forma de reseña. Las erratas y la maquetación descuidada son las dos cosas que se nombran cuando alguien explica por qué un libro autopublicado «se nota».
En España la profesión tiene asociación propia, UniCo, con directorio de profesionales y código deontológico. Que exista un colegio informal de este oficio dice algo útil: no es una tarea que se improvise leyendo con atención.
Los tres trabajos, y por qué se confunden
Los tres tienen nombres parecidos y ámbitos distintos. Ésta es la tabla que resuelve casi todas las discusiones de presupuesto:
| Trabajo | Sobre qué actúa | Cuándo | Objetivo o interpretable |
|---|---|---|---|
| Corrección de estilo | Lo que el texto dice y cómo lo dice | Antes de maquetar | Interpretable |
| Corrección ortotipográfica | La norma: ortografía, puntuación, signos | Antes de maquetar | Casi siempre objetivo |
| Corrección de pruebas | El libro ya montado en páginas | Después de maquetar | Objetivo |
La corrección de estilo entra en repeticiones, ritmo, muletillas, ambigüedades y frases que no dicen lo que pretenden. Es la más cara, la más lenta y la única discutible: propone, y el autor acepta o rechaza.
La corrección ortotipográfica aplica la norma. En español tiene una dificultad propia que delata a un texto sin corregir en la primera página: la raya de diálogo no es un guion, las comillas de primer nivel son angulares, y la puntuación de los incisos de diálogo tiene reglas que casi nadie recuerda.
La corrección de pruebas —también llamada de galeradas— se hace sobre el libro maquetado y caza lo que sólo existe una vez montado: líneas viudas y huérfanas, partición de palabras a final de renglón, folios descuadrados, títulos que caen al pie de una página.
Un aviso de vocabulario, porque el sector no se pone de acuerdo. Hay editoriales y escuelas que llaman «corrección ortotipográfica» precisamente a la de pruebas, es decir, a la que se hace sobre el texto ya maquetado. Aquí se usa en el sentido de la tabla, y se nombra «de pruebas» a la posterior. Cuando pidas presupuesto, pregunta cuál de las dos te están cotizando: es la causa número uno de que dos presupuestos por «lo mismo» difieran a la mitad.
Dónde encaja cada uno en el calendario
El orden no es una preferencia: maquetar antes de corregir obliga a rehacer la maquetación entera, y es el error de principiante más caro que existe. La secuencia que sigue la edición profesional es ésta:
- Texto terminado. No una versión avanzada: terminado.
- Corrección de estilo, en digital y con control de cambios.
- El autor acepta o rechaza los cambios propuestos, uno a uno.
- Corrección ortotipográfica sobre el texto ya cerrado.
- Maquetación.
- Corrección de pruebas sobre las páginas montadas.
- Últimos ajustes de maquetación y cierre de artes finales.
El paso 3 es el que más se salta y el que más caro sale saltarse. Aceptar en bloque todos los cambios de un corrector de estilo equivale a delegar la voz del libro; rechazarlos en bloque equivale a haber pagado por nada. Hay que leerlos.
Los dos últimos pasos son los que la mayoría de autopublicaciones omiten, y son baratos comparados con lo que arreglan: una pasada de pruebas cuesta una fracción de una corrección completa porque el texto ya está limpio.
Cuánto cuesta y cómo se cobra
Una corrección ortotipográfica de una novela normal cuesta entre 300 y 700 €, y una de estilo entre 500 y 1.200 €. Son las mismas horquillas que da la página de autopublicar un libro, donde se ven junto al resto de partidas del presupuesto.
Lo que sorprende a casi todo el mundo es la unidad. El sector no cobra por página ni por palabra, sino por cada 1.000 caracteres con espacios, que es la unidad que no depende del cuerpo de letra, del interlineado ni del formato del fichero. Una página de Word puede tener 1.800 o 3.000 caracteres según cómo esté configurada; los caracteres no mienten.
De ahí salen dos consecuencias prácticas. La primera: para comparar dos presupuestos hay que llevarlos a la misma unidad, y si uno cotiza «por página» conviene preguntar qué considera una página. La segunda: el precio depende del estado del original tanto como de su tamaño. Un texto trabajado se corrige más rápido que uno crudo del mismo tamaño, y un corrector serio lo dice después de ver una muestra, no antes.
Desconfía de la tarifa plana muy por debajo de esa horquilla. Corregir una novela son días de trabajo concentrado: por debajo de cierto precio, o no se lee entera o la hace una máquina.
Cómo se elige un corrector
La prueba de corrección es el único filtro que funciona. Se manda un fragmento representativo —entre dos y cinco páginas, con diálogo si el libro lo tiene— y se compara lo que vuelve. No hay currículum que sustituya a eso, porque lo que se está comprobando no es si sabe ortografía, sino qué toca y qué respeta.
Al leer la prueba devuelta, mira tres cosas. Cómo ha marcado los cambios: con control de cambios se puede auditar cada intervención; reescrito por encima, no, y ésa es la diferencia entre revisar su trabajo y aceptarlo a ciegas. Si distingue error de decisión: un corrector que «arregla» un uso deliberado sin comentarlo va a plancharte la voz en 300 páginas. Y si comenta lo que no le toca decidir, en lugar de decidirlo por ti.
Preguntas que conviene hacer antes de encargar:
- ¿Qué tipo de corrección exactamente, y sobre qué unidad se calcula el precio?
- ¿En cuántas pasadas y con qué plazo?
- ¿Trabajas con control de cambios y comentarios?
- ¿Aplicas alguna hoja de estilo, y me la entregas?
- ¿Incluye una revisión de mis respuestas a tus cambios?
El directorio de UniCo es un punto de partida razonable para buscar, y la recomendación de otro autor del mismo género, mejor todavía: la corrección de un ensayo académico y la de una novela negra no se parecen tanto como parece.
Qué se le entrega y cómo vuelve
Se entrega el texto en un procesador, no maquetado y sin diseñar. Word o su equivalente, un solo fichero, con los capítulos separados por saltos de página y sin florituras de formato: cualquier trabajo tipográfico que hagas antes se va a perder al maquetar.
Vuelve con control de cambios y comentarios, que es el formato que permite ver cada intervención y aceptarla o rechazarla una por una. Un texto que vuelve «ya limpio», sin marcas, es imposible de auditar: no sabes qué te han cambiado ni por qué, y estás firmando un libro que no has leído del todo.
Muchos correctores entregan además una hoja de estilo: el registro de las decisiones tomadas para ese libro —cómo se escriben los números, si los extranjerismos van en cursiva, cómo se tratan los nombres propios, qué comillas se usan en el segundo nivel—. Pídela siempre. Es lo que hace que la segunda edición, la traducción o el siguiente libro de la serie sean coherentes con éste, y cuesta cero porque el corrector ya la ha hecho para trabajar.
Lo que no arregla un corrector
Un corrector no arregla un libro que no funciona. Si el problema es de estructura —una trama que se desinfla, un argumento que no se sostiene, un personaje que sobra—, la corrección de estilo lo hará más legible sin resolverlo, y habrás pagado por pulir algo que había que rehacer. Ese trabajo tiene otro nombre: informe de lectura o edición de desarrollo, se contrata aparte y va antes.
Tampoco arregla la documentación. Un corrector señala una incoherencia interna si la ve, pero no comprueba si los datos que das son ciertos: eso es corrección de contenido y la hace alguien que sabe del tema.
Y no arregla la maquetación. Marcará que una línea queda huérfana o que una palabra está mal partida, pero quien lo corrige es el maquetador. Confundir las dos cosas produce la conversación más frustrante del proceso: el autor cree que ha contratado a alguien que le va a dejar el libro listo, y ha contratado a alguien que se ocupa del texto.
Cuándo contratar corrección de estilo
Compensa cuando el texto ya está terminado y el autor ha llegado a su techo. Si al releerlo notas que algo no fluye pero no sabes qué, eso es exactamente lo que una corrección de estilo diagnostica: repeticiones que no ves, muletillas propias, frases largas que se enredan.
Compensa también en un primer libro, aunque duela el precio, porque lo que enseña se queda. Un autor que lee 300 páginas de cambios comentados escribe distinto el siguiente libro. Es la partida del presupuesto con mejor retorno a largo plazo.
Y compensa siempre en no ficción, donde la claridad es el producto. Un ensayo confuso no se salva con buena ortografía.
Cuándo basta con la ortotipográfica
Basta cuando el texto ya ha pasado por lectores exigentes y varias reescrituras, y lo que queda es la norma. Un autor con oficio, con beta-readers que le han dicho la verdad y con dos o tres versiones detrás no necesita que nadie le señale las repeticiones: ya las ha quitado.
Basta también cuando el presupuesto obliga a elegir, y ésa es la elección correcta. Un libro con prosa mejorable se lee; uno con erratas en la página tres se abandona. Ninguna reseña habla de un ritmo perfectible; todas hablan de las erratas.
Lo que no cambia en ningún caso es la pasada de pruebas después de maquetar. Es la más barata de las tres y la que evita el error que más se nota en el resultado impreso, que ya no tiene arreglo.
La corrección es el segundo paso del proceso de cómo publicar un libro, y va siempre antes de maquetar. Con una editorial tradicional este trabajo lo asume el sello, como se explica en publicar con una editorial tradicional; si autopublicas, es tuyo y es la partida que menos conviene recortar.