Qué es el plagio
La definición del diccionario académico —plagiar es «copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias»— tiene dos piezas que no se comprueban igual. En lo sustancial no fija cuánto hay que copiar, y eso es lo que se discute cuando se discute un plagio; se discute además sobre el texto, porque lo que la ley protege son las creaciones originales «expresadas por cualquier medio o soporte» y no la premisa que hay detrás. Dándolas como propias no admite grado.
Plagio e infracción de derechos no son lo mismo. Quien reproduce un texto con permiso pero sin nombrar al autor no toca ningún derecho de explotación: incumple el derecho moral a «exigir el reconocimiento de su condición de autor», que la ley declara irrenunciable. Y quien copia citando bien, pero sin autorización, infringe sin plagiar. De ahí que una obra en dominio público se pueda plagiar: extinguidos los derechos de explotación, el reconocimiento de la autoría sigue siendo exigible sin límite de tiempo.
Sinónimos y término en inglés
El plagio no tiene sinónimo exacto en español. El diccionario ofrece como afines copia y calco, y para el verbo copiar, imitar o calcar: nombran la copia, no la atribución falsa. La excepción es el coloquial fusilar, definido como copiar sin citar el nombre del autor. En inglés es plagiarism, que Collins describe como copiar la idea o el trabajo de otro fingiendo que uno lo pensó: alcanza también a la idea, que la ley española no protege.
Y hay un falso amigo dentro del propio idioma: en buena parte de América —Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, México o Perú— plagio nombra además el secuestro de una persona.
Dónde aparece
Al autor le sale el plagio dos veces, y la primera es antes de escribir: quien teme contar de qué va su libro protege algo que la ley no protege, como explica derechos de autor. La segunda es al citar a otro dentro del propio libro. El límite de cita permite incluir fragmentos ajenos en obra propia, pero pide obra ya divulgada, a título de cita o para su análisis, comentario o juicio crítico, en la medida justificada, indicando la fuente y el nombre del autor, y —dice la ley— «solo podrá realizarse con fines docentes o de investigación». Un epígrafe al frente de una novela no cumple lo último, así que se pide al titular de los derechos.
Ningún trámite de publicación protege del plagio: ni el ISBN, que identifica el producto en el comercio, ni el depósito legal, que conserva ejemplares.