Las bases son el contrato, y se leen antes de enviar nada
Un concurso literario —también llamado certamen— se compromete a lo que dicen sus bases y a nada más, así que la lectura de las bases es el examen entero. La cláusula que importa no es la del premio: es la de derechos. Hay que salir de ahí sabiendo tres cosas, y las tres tienen que estar escritas: sobre qué obras adquiere derechos el convocante —sólo la ganadora, o todas las presentadas—, cuáles adquiere y durante cuánto tiempo.
La ley pone un suelo por si las bases callan, y conviene conocerlo porque es peor de lo que parece. Toda cesión de derechos debe formalizarse por escrito y queda limitada a las modalidades de explotación expresamente previstas; si no se menciona el tiempo, la transmisión dura cinco años, y si no se menciona el territorio, alcanza al país donde se hizo. Un silencio no te protege: te asigna un valor por defecto que tú no elegiste.
Hay un límite que las bases no pueden saltarse por mucho que lo escriban: es nula la cesión de derechos sobre el conjunto de las obras que el autor pueda crear en el futuro. Cuando unas bases hablan de «la producción del autor» en lugar de la obra presentada, no estás ante un premio ambicioso, sino ante una cláusula que la ley ya ha declarado sin efecto.
El caso límite: cuando el premio es publicar
Hay certámenes convocados por una editorial cuyo premio consiste en editar el libro, y eso no los hace sospechosos: es un canal de captación conocido. Lo que cambia es el marco. Si el premio es la publicación, lo que vas a firmar es un contrato de edición, y la ley exige que conste por escrito y que exprese el número máximo y mínimo de ejemplares y la remuneración del autor. Sin esos dos extremos, el contrato es nulo, por muy solemne que fuera la entrega del galardón.
Hay una prueba prestada que ordena bien las ideas, aunque no sirva para juzgar la honradez de nadie. Para que un premio literario esté exento de IRPF, el reglamento exige que quien lo concede no explote económicamente la obra premiada ni exija cesión o limitación de derechos sobre ella, y que el premio recompense obras ya ejecutadas antes de la convocatoria. Es la definición fiscal de premio en estado puro, y un certamen cuyo premio es la publicación no la cumple por construcción: explotar la obra es el premio. Sabiendo eso, la pregunta correcta deja de ser «¿es fiable?» y pasa a ser «¿esto es un premio o es una oferta editorial con nombre de premio?». Las dos cosas pueden ser honradas; se evalúan distinto, y una oferta editorial se mira con el criterio de cómo sé si una editorial es fiable.
El caso que sí conviene descartar rápido es el tercero: el certamen cuyo fallo llega acompañado de una factura. Cuando ganar implica pagar la edición, lo que hay detrás es una editorial de pago, y el premio es el envoltorio comercial.
Qué hacer
Antes de enviar la obra, busca cuatro cosas fuera de las bases y una dentro. Fuera: quiénes componen el jurado, con nombre y apellidos; quién ganó las tres últimas ediciones; si esos libros existen y dónde se pueden comprar; y si el fallo se publicó en la fecha que prometía la convocatoria. Un certamen que supera esas cuatro ya no te pide que te fíes de su web. Dentro de las bases, lee la cláusula de derechos entera y escribe al convocante si algo no está claro: la respuesta por escrito vale, y la negativa a darla también informa.
Si la obra es inédita y quieres entender qué estás cediendo y a cambio de qué, está desarrollado en derechos de autor y en contrato de edición. Y si lo que buscas es publicar y el concurso era sólo una vía entre otras, las demás están en cómo publicar un libro.