La ley llama transformación a traducir, y transformar sin permiso infringe igual que copiar
Traducir un libro ajeno es un acto de explotación de la obra de otro, no un trabajo propio sobre un texto que estaba ahí. La ley española define la transformación como «su traducción, adaptación y cualquier otra modificación en su forma de la que se derive una obra diferente», y la coloca entre los derechos que corresponden al autor en exclusiva y que no pueden realizarse sin su autorización, salvo en los casos que la propia ley prevé. Fuera de España el punto de partida es el mismo: el Convenio de Berna reconoce a los autores el derecho exclusivo de hacer y de autorizar la traducción de sus obras mientras duren sus derechos sobre el original.
Lo que desconcierta es que la traducción sí es tuya. Las traducciones son obras derivadas y su autoría corresponde a quien las firma, de modo que un libro traducido arrastra dos capas de derechos: la del autor original y la del traductor. Traducir sin permiso no te quita la autoría de tu texto; lo que te quita es la posibilidad de explotarlo, porque el autor del original conserva el derecho de autorizar la explotación de ese resultado durante todo el plazo de protección. Si el titular actúa, puede pedir el cese de la actividad y una indemnización que, a su elección, se mide por los beneficios que hayas obtenido: el trabajo hecho no se convierte en un derecho adquirido.
El caso límite: el original está libre y la traducción que tienes delante, no
Un clásico en dominio público puede traducirse sin pedir permiso a nadie, pero la traducción moderna con la que lo estás leyendo es una obra viva y ajena. Es el error más caro de esta pregunta, porque parece resuelto: el original de un novelista del XIX está libre, y la versión castellana que tienes encima de la mesa puede ser de anteayer y durar lo que dure el plazo de quien la firmó. Traducir desde esa versión, o publicarla retocada, infringe aunque el original esté libre. Lo que está en dominio público es el texto en su lengua, no cualquier versión suya.
La plataforma añade su propia condición. Amazon acepta contenido de dominio público, pero si el título ya está disponible gratis en su tienda sólo admite versiones diferenciadas, y una traducción original es una de las formas que admite, junto a la edición anotada y la ilustrada. Esa vía obliga a marcar «(Traducido)» en el campo de título y a declarar en colaboradores tanto al traductor como al autor original. Traducir un clásico, por tanto, no necesita el permiso de nadie, pero sí cumplir las condiciones de la tienda donde vayas a venderlo.
Qué hacer
Empieza por situar el libro en el tiempo antes de escribir una sola línea. Si el autor ya ha fallecido, comprueba el plazo con la regla que le toque —cuánto duran los derechos de autor tiene los cuatro casos y la excepción de los fallecidos antes de diciembre de 1987— y, si ha entrado en dominio público, traduce y publica: la obra derivada será tuya.
Si el autor está vivo o el plazo sigue corriendo, la pregunta útil no es si puedes traducirlo, sino quién tiene esa lengua. Escribe al departamento de derechos de la editorial original o al agente, di qué lengua y qué territorio quieres y para qué formato, y espera un contrato: la cesión queda limitada al derecho, la modalidad, el tiempo y el territorio que se pacten, así que un permiso sin esos cuatro datos no sirve. Traducir primero y preguntar después es la secuencia que convierte meses de trabajo en un texto que no puedes publicar, y aparte está lo que cuesta encargar la traducción, que no cambia por tener el permiso o no tenerlo. El mapa entero, desde los derechos de autor hasta la venta, está en cómo publicar un libro.