El texto lo tiene que leer alguien que no seas tú
Ningún autor lee su propio libro como lo lee un desconocido: lee lo que quiso escribir. Ese es el techo real de la autocorrección, y no tiene que ver con saber ortografía. Después de veinte lecturas, la frase que falta y la que sobra están las dos en la cabeza de quien las escribió, y la página se completa sola al pasar por encima.
Un corrector automático tampoco cubre ese hueco, porque el problema no es detectar lo que no es una palabra, sino decidir si una desviación es un fallo o una decisión. La guía de calidad de Kindle Direct Publishing lo dice desde el otro lado del mostrador: la ortografía deliberada o dialectal —la de un personaje que habla así— no se considera un error, ni tampoco las diferencias entre el español de España y el de Latinoamérica. Una herramienta las marca todas por igual, y quien acepta sus sugerencias en bloque termina normalizando justo lo que había elegido.
Lo que se contrata, entonces, es un criterio ajeno aplicado de principio a fin, no un repaso de faltas. La Unión de Correctores describe el oficio como intervenir lo mínimo posible en el texto original y cumplir a la vez con la eficacia comunicativa, que es exactamente el equilibrio que nadie sostiene sobre lo suyo.
El mínimo son dos pasadas, y ninguna de las dos es la de estilo
Un libro a la venta pasa por una corrección ortotipográfica sobre el original antes de maquetar y por una corrección de pruebas sobre las galeradas después. Esas son las dos que no tienen versión ahorrada, y en una novela de 250 páginas suman de 500 a 1.100 €: de 300 a 700 € la primera y de 200 a 400 € la segunda, según cuánto cobra un corrector.
La corrección de estilo es la cara y la opcional, y lo que decide si toca no es el género del libro sino el estado del original: compensa cuando el autor nota que algo no fluye y no sabe qué, y no compensa cuando el texto ya ha pasado por varias reescrituras y por lectores que dijeron la verdad. Qué hace cada una y en qué orden van está en corrección de un libro.
Si algo se cae del presupuesto, la de pruebas es la peor candidata: es la más barata de las tres y la única que ve el libro ya montado, así que es la que caza lo que hasta ese momento no existía —una línea viuda, una palabra mal partida, un capítulo que empieza en página par—. Con las pruebas delante esos fallos todavía se arreglan gratis; con la tirada impresa, no.
El caso límite: cuando no lo contratas tú
Quien firma con una editorial tradicional no contrata corrector ni ve esa factura, porque el sello asume el coste de publicar y elige él a la persona. El autor sí revisa y responde a los cambios propuestos, que es su parte del trabajo y no es opcional.
El caso que conviene mirar dos veces es el intermedio. Si un presupuesto trae «corrección» como una sola línea, esa palabra puede significar cualquiera de las tres, y la pregunta útil no es cuánto cuesta sino cuál es y cuántas pasadas incluye. Y si es una editorial la que pide al autor que pague la corrección, lo que ha cambiado no es la tarifa sino quién asume el riesgo, como se explica en es normal que una editorial me pida dinero.
Qué hacer
Termina el libro antes de contratar nada, porque todo lo que se reescriba después vuelve a estar sin corregir. Pasa el original por lectores beta o por un lector cero para resolver lo que sea de estructura, que es lo que ninguna corrección arregla. Y si el presupuesto obliga a elegir una sola, elige la ortotipográfica y reserva lo que cueste la pasada de pruebas: el lector no sabe si la prosa podía ser mejor, pero ve la errata en la primera página que abre. El desglose del gasto está en cuánto cuesta corregir un libro, y dónde encaja este paso entre los demás, en cómo publicar un libro.