Lo que mueve el porcentaje es quién arriesga el dinero del ejemplar
El descuento de librería paga el espacio en la tienda y el riesgo del ejemplar, y por eso la cifra se mueve según cómo llegue el libro y no según lo bueno que sea. Una librería independiente que acepta tres ejemplares en depósito de un autor que no conoce pide en torno al 30 % del precio sin IVA: no adelanta dinero, no se queda con nada que no venda y lo que arriesga es la mesa. Si el mismo libro entra por una distribuidora, el porcentaje que sale de tus manos no es el del librero sino el del canal entero, entre el 50 % y el 55 %, porque en medio hay un almacén, unos comerciales, un transporte y la gestión de las devoluciones.
Sobre una novela de 18 € de portada, con el 4 % de IVA descontado, la cuenta sale así:
| Cómo llega el libro | Descuento | Te quedan por ejemplar |
|---|---|---|
| Depósito directo en la librería | 30 % | 12,12 € |
| A través de distribuidora | 50 – 55 % | 7,79 – 8,66 € |
| Plataforma de autopublicación en papel | 40 % del canal | 10,39 € menos la impresión |
Esas cifras son antes de imprimir, no después: en papel el precio va impreso en el ejemplar y rectificarlo obliga a reimprimir o a reetiquetar, así que el descuento del canal entra en el cálculo del precio desde el principio. Y hay una segunda variable que no es el porcentaje y pesa tanto como él: cuándo cobras. Una librería que liquida a los noventa días de vender está usando tu dinero mientras tanto, y eso no aparece en ningún tanto por ciento.
El caso límite: cuando la librería pide bastante más del 30 %
Un descuento por encima del 30 % puede ser perfectamente razonable o una señal de alarma, y lo que los separa es qué recibes a cambio. Es razonable cuando el librero compra en firme: si paga por adelantado unos ejemplares que quizá no venda, está haciendo de banco y de almacén, y unos puntos más de descuento son el precio de que el riesgo deje de ser tuyo. Lo mismo ocurre con un pedido grande de un solo golpe, o con una cadena que compra de forma centralizada para varias tiendas.
Cuesta más de justificar cuando el descuento sube sin que cambie nada más: mismo depósito, mismos tres ejemplares, misma devolución, y aun así un 40 %. Ahí la pregunta que despeja la conversación es directa y no ofende a nadie: qué cambia respecto del depósito estándar para que el porcentaje suba. Y hay un caso que conviene saber nombrar porque no es un descuento aunque venga en la misma conversación: pagar por estar en la mesa de novedades, en el escaparate o en una pila junto a la caja es publicidad en el punto de venta, se factura aparte y no tiene nada que ver con el porcentaje. Mezclar las dos cosas —«te hago hueco en la mesa si me subes el descuento»— convierte un margen comercial en un pago por visibilidad que nadie ha puesto por escrito.
Qué hacer
Decide tu tarifa antes de entrar en la primera librería, no delante del mostrador. Fija un descuento estándar para depósito, uno algo mayor para venta en firme, y llévalos escritos en el albarán junto con el número de ejemplares, el precio de portada y la fecha en que pasarás a liquidar; que la cifra esté decidida de antemano es lo que evita improvisar una rebaja para caer bien. Antes de eso, comprueba que tu precio de portada aguanta el 55 %, que es el peor caso: si sólo funciona al 30 %, el libro no puede crecer más allá de las tiendas a las que llegues tú en persona.
Cómo se abre esa puerta —a quién ir, con cuántos ejemplares y con qué ficha— está en cómo consigo que una librería venda mi libro; qué se lleva cada eslabón del canal y qué conviene preguntar por escrito, en cómo distribuir un libro; y si te compensa meter una distribuidora en medio, en necesito un distribuidor. El proceso completo, desde el manuscrito hasta la mesa de novedades, en cómo publicar un libro.