La impresión bajo demanda dice cómo se fabrica el libro, no quién lo publica
La impresión bajo demanda nombra una técnica de fabricación, y por eso conviene ver primero qué hace la máquina. El fichero del libro queda cargado en el sistema de una plataforma o de una imprenta y ahí se queda quieto: cada pedido dispara una impresión, una encuadernación y un envío, y hasta que ese pedido no existe no se ha fabricado nada. De ahí salen las dos consecuencias que definen el sistema: no hay almacén que llenar ni dinero que adelantar, y tampoco hay tirada que amortizar, porque el coste se paga ejemplar a ejemplar en el momento de venderlo.
Nada de eso dice quién publica el libro. La impresión bajo demanda la usan por igual quien autopublica, una editorial tradicional que mantiene disponible su fondo antiguo sin guardarlo en ninguna parte y una editorial de pago que cobra al autor por publicarle. Por eso «editorial bajo demanda» no describe ningún contrato: lo que hay que mirar es quién figura como editor, de quién es el ISBN, quién decide el precio y qué porcentaje cobra cada uno, y eso está en el contrato y no en la máquina. Técnicamente, además, la máquina es la misma que fabrica una tirada corta en digital; lo que cambia no es cómo se imprime, sino cuándo y quién paga primero.
El caso límite: los ejemplares que existen antes de la primera venta
Hay ejemplares que tienen que existir cuando todavía no se ha vendido ninguno, y un sistema que no imprime hasta que alguien compra no los resuelve. El primero es la prueba de imprenta, que hay que tener en la mano antes de poner el libro a la venta. Los siguientes son los del depósito legal: entre dos y cuatro según la comunidad, en papel y iguales a los que van a la venta. Y detrás vienen los de prensa, los de las presentaciones y los que se venden en mano.
Ninguno de esos sale de una venta, así que hay que encargarlos aparte, como ejemplares de autor. KDP los cobra al gasto de impresión del libro multiplicado por el número de copias, con el envío calculado por separado, y ese gasto es el mismo que se descuenta de cada venta: 2,05 € por ejemplar hasta las 110 páginas y, por encima, 0,75 € más 0,012 € por página. Cubrir el depósito legal de una novela de 300 páginas en una comunidad que pide cuatro ejemplares cuesta, por tanto, 17,40 € de impresión más el envío. Es poco dinero, pero es dinero que hay que poner antes de cobrar nada, y conviene contarlo desde el principio en vez de descubrirlo con el libro ya a la venta.
Qué hacer
Empieza por separar las dos preguntas que la expresión mezcla: cómo se fabrica tu libro y quién lo publica. Si vas a autopublicar, la impresión bajo demanda es la vía que no exige desembolso previo; si te la ofrece un sello a cambio de una factura, lo que estás contratando no es la impresión sino un servicio editorial, y se juzga por el contrato.
La decisión completa —cuándo compensa frente a una tirada, cuánto queda de cada venta, qué acabados no puedes elegir y qué trámites no cambian— está en la impresión bajo demanda. Si lo que tienes delante es justamente esa disyuntiva, la cuenta hecha está en ¿es mejor una tirada o impresión bajo demanda?, y a quién pedir los ejemplares cuando la lista crece, en ¿dónde imprimo mi libro?.