Las piezas van en el orden en que se leen, y ese orden no lo elige el lector
Quien coge un libro de la mesa de novedades y le da la vuelta recorre la cara de atrás de arriba abajo en un par de segundos, y ese recorrido decide qué se lee. Ahí caben, en ese orden, cinco piezas: una línea de gancho en cuerpo mayor —una pregunta, o una frase del propio libro—, la sinopsis comercial, una frase de reseña o de aval entre comillas y con el nombre de quien la firma, una nota de dos o tres líneas sobre el autor si el libro no lleva solapas, y el sello o el logotipo de quien publica. Salvo la sinopsis, ninguna es imprescindible, y ninguna mejora por ser más larga.
Lo difícil no es reunir esas piezas, es quitar lo que sobra. Las cinco o seis líneas de la sinopsis comercial son unas 120 o 150 palabras, y en un cuerpo legible eso ya llena un bloque de texto respetable; cómo se escribe está en cómo se escribe una sinopsis. Lo que aquí importa es que el argumento entero, el desenlace y la trayectoria completa del autor no caben, y que una contracubierta llena de texto no se lee, se pasa de largo. Los datos de la edición tampoco van ahí: el número de ISBN y el depósito legal viven en la página de créditos, dentro del libro.
La esquina del código de barras no es tuya
Una cubierta impresa reserva un rectángulo de la cara trasera para el código de barras, y ese rectángulo se diseña vacío desde el principio. KDP sugiere para él 50,8 × 30,5 mm —el mínimo son 35,56 × 20,3—, con fondo blanco sólido, el código en negro al 100 % y al menos 6,3 mm de separación del lomo y del borde; y avisa de que rechazará cualquier cubierta que lleve imágenes o texto en el lugar destinado al código. Son algo más de 5 × 3 centímetros, dos quintas partes del ancho de una contracubierta de 13 × 20, y si el PDF llega sin código, la plataforma pone uno ella misma.
Eso tiene una consecuencia de diseño que aparece tarde: una fotografía a sangre que cubra la cara trasera entera tiene que morir en esa esquina. Al lado del hueco va normalmente el precio, que sí tiene que estar en alguna parte del ejemplar: la Ley 10/2007 obliga a quien edita libros a indicar en ellos el precio fijo, aunque no dice dónde. La costumbre lo pone junto al código de barras, y de ahí sale una regla práctica que ahorra disgustos: tocar el precio fijo obliga a una cubierta nueva.
El caso límite: en no ficción la contraportada promete un resultado
La cara trasera de un ensayo, un manual o unas memorias no plantea un conflicto: dice qué se lleva el lector y por qué se lo puede creer. El bloque de texto cambia de forma —tres o cuatro líneas de planteamiento y después una lista corta de lo que el libro resuelve— y la nota sobre el autor deja de ser un adorno biográfico para convertirse en la credencial que sostiene la promesa, así que sube de sitio y crece. En un manual de fiscalidad, buena parte del reclamo es que quien lo firma sea asesor fiscal.
En autopublicación, además, no hay departamento comercial que discuta el texto, así que el problema no es escribirlo sino tener perspectiva sobre él. Dárselo a leer a tres personas que no hayan leído el libro y preguntarles de qué creen que va enseña lo que no se ve desde dentro: si el texto funciona para quien no conoce ya la historia.
Qué hacer
Escribe el texto antes de encargar la cubierta: quien la diseña necesita saber cuánto va a colocar, porque la cara trasera se entrega en el mismo PDF que el lomo y la frontal. Manda cuatro cosas juntas: la sinopsis definitiva, la frase de reseña con su firma si la hay, la nota de autor si el libro no lleva solapas, y el recordatorio de dejar libre el hueco del código de barras. Qué más entra en ese encargo está en cómo diseñar la portada de un libro.
Y no lo dejes para el final por creer que es la parte pequeña: la contraportada la lee alguien que ya tiene el libro en la mano y está a punto de decidir. El proceso completo, desde el original hasta esa mesa, está en cómo publicar un libro.